sábado, 15 de octubre de 2011

Teseo, Minotauro

Toda empresa humana es igualmente deleznable, solo su ejecución no lo es, escribió alguna vez Thomas Carlyle. He llegado, al parecer, a un callejón sin salida por lo que se refiere al destino de Màrius Llop. No he podido por el momento ir más allá en mis investigaciones a partir de los leves indicios de que dispongo. Aún no sé si Mario está vivo o si realmente murió en el incendio. Todos mis esfuerzos han sido igualmente infructuosos. Solo me queda la pasión de la búsqueda, mientras permanezca todavía el recuerdo del propio Mario, cuya imagen se va desdibujando casi imperceptiblemente pero sin pausa en mi memoria, como me escribe Conxita en un soneto:

Ese imperfecto espejo, la memoria,
con una nitidez sutil y ambigua
devuelve una mirada tan antigua
y eterna como el giro de una noria.

Mas con el tiempo se apaga perdida
y frágil en el claro de su luna:
su imagen que es ya sólo una laguna
también se borra, al fin, tras de la vida.

Solo su esencia permanece fija
y surge de un reflejo que pervive
a pesar de las ruinas y el declive
desde el fondo profundo del que es hija.

Y esa presencia casi ausente, bella,
ese último matiz, esa es su huella.

Conxita Jiménez

Se ha convertido, ciertamente, en una ausencia que no deja de ser una constante presencia, la de Màrius Llop, y una presencia que no deja nunca de desvanecerse. Infinitamente, tal vez, como si se tratase de una paradoja eleática en que Aquiles nunca da caza a la tortuga, la flecha disparada permanece indefinidamente detenida y jamás hiere a su víctima, condenando con su inmovilidad a la ficción o a la nada tanto al arquero como a la víctima, la misma paradoja en que el autor jamás alcanza a su obra.
Así, después de un largo y humilde trabajo de elucidación de los manuscritos que Màrius me envió desde su última residencia confirmada y de una, admito que completamente personal y seguramente arbitraria, selección de los originales, estoy en disposición, por fin, de ofrecer una primera muestra de la obra poética del doctor Màrius Llop, que imprime en Barcelona Viena Edicions, con el título Els pressentiments exemplars, y de la que muestro aquí una imagen de la cubierta:


De acuerdo con mi interpretación de las intenciones del doctor acerca de su obra, de su completa repugnancia a la fama y de su anonimato vocacional, es mi nombre y no el suyo el que aparece en la cubierta. La atribución de la autoría del libro queda desde luego fuera de toda duda ya en las páginas iniciales del libro, en la Nota preliminar, de la que reproduzco también, por el mismo método, las líneas finales:


Un hombre -escribe Borges- se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara. Si existía un propósito semejante en las páginas que Màrius Llop dejó escritas, sin embargo, la imagen final es solo el resultado de un laberinto sin salida, un laberinto donde el perseguidor es también el perseguido, Teseo y Minotauro al mismo tiempo, y donde, al otro lado del hilo, no encontramos a Ariadna sino otro laberinto donde el perseguidor es también el perseguido, Teseo y Minotauro al mismo tiempo...

sábado, 8 de octubre de 2011

No las damas, amor, no gentilezas

Demasiado tarde, me temo, recuerdo ahora los versos iniciales de La Araucana de Alonso de Ercilla:

No las damas, amor, no gentilezas
de caballeros canto enamorados,
ni las muestras, regalos y ternezas
de amorosos afectos y cuidados;

Si, como él, yo también hubiera desdeñado el camino de Ariosto en el Orlando Furioso (Le donne, i cavalier, l'arme, gli amori,/ Le cortesie, l'audaci imprese io canto), no me habría entregado seguramente a la fantasía de creer haber encontrado a la "Elisa" de Mario Loppo con el solo indicio de un cabello apartado de mi barba.

Siempre me quedará una duda, claro, pero se trata solo de una incertidumbre acerca de la naturaleza de mi imaginación, no de la realidad. Entendí que era así cuando por fin me decidí a llamar a la casa rural donde había pasado el fin de semana al que me refería en la última entrada. Se puso el dueño. Bastó identificarme como miembro del equipo de redactores de la Travel to Nowhere Magazine para averiguar lo que quería: que no conocían a ningún Mario Loppo, o Lupo, Lobo, Llovo, Màrius Llop ni a nadie con esa descripción que hubiese acabado en prisión o en un manicomio, que su mujer se llamaba Teresa y no Elisa y, lo más importante, que llevaban solo diez meses en el negocio, como alojamiento rural, porque se dedicaban, antes de la reforma y acondicionamiento de la misma finca, a la cría de pollos.

Así que la unidad completa de mi delectación en una perforación con el propósito, no satisfecho, de hallar el líquido elemento o, como se suele decir más vulgarmente aunque no con defecto de gracia, todo mi gozo en un pozo. Pero no por mi fracaso o por mi error me arrepiento ni me avergüenzo ni cede el entusiasmo de mi indagación. Mi querido amigo Mingo, que tanto me conoce y me comprende, no ha querido dejarme solo en esta decepción y me envía un simpático soneto para consolarme, que no puedo dejar de transcribir aquí, con todo mi agradecimiento:

¿Por qué razón no ves, amigo mío,
que en lo vulgar que tizna y embrutece
anidan dioses, ninfas y unas trece
potencias que blanquean su atavío?

Pues cada cosa quiere en su albedrío
mirar a quien y a donde le apetece,
mirar mirando siempre si acontece
otro mirar que mire sin desvío.

Y te miró mujer de triste hechura
y te evocó, al paso por tu vera,
dejar tu vista puesta en su hermosura.

Mas, vuelta tu mirada a su juntura,
ni tan siquiera viste que ella era
el Màrius Llop de tu literatura.

Domingo Monlleó

jueves, 22 de septiembre de 2011

Descaminado, enfermo, peregrino

Mis queridos alumnos del taller de cocina creativa (aunque yo siempre prefiero llamarlos compañeros o contertulios, que le da a la cosa un no sé qué de distinción) nos habían regalado, a mí y a mi mujer, un fin de semana en la costa de Gerona, cerca de Palamós. Concretamente, en un tranquilo alojamiento rural de Calonge, emplazado en la ladera de una colina con vistas al Mediterráneo, llena de ostentosos chalets de los infortunados menesterosos que no tienen otro remedio que retirarse a estas remotas y exclusivas urbanizaciones para ocultar la desdicha de su indigencia.
El objetivo del viaje no era otro, además del puro descanso, que visitar los lugares donde la gran escritora catalana Mercè Rodoreda pasó sus últimos años. Mi mujer, que es una apasionada lectora y que se dedica también profesionalmente a la lengua y la literatura, me guió física e intelectualmente por esos hermosos parajes del macizo de les Gavarres, entre sus bosques de encinas y alcornoques, descubriéndome el encanto de sus onduladas montañas, sus pequeños pueblos de singular arquitectura y los antiquísimos restos prehistóricos que se esconden entre los árboles, como la Cova d'en Daina.
Yo tenía, sin embargo, una motivación adicional. No es que la literatura no me interese, pero la verdad es que me pongo nervioso cuando se sale de los libros, aprovechando los leves intersticios que a veces aparecen entre la realidad y la ficción, y penetra y se instala en el mundo, en inocentes inscripciones sobre la corteza de los árboles primero, luego en pequeños carteles informativos que dan fe de que aquí vivió tal escritor, de que por más allá solía ir a pasear y pensaba en los párrafos que después encontraremos en tal libro... Yo prefiero que los escritores sean más discretos y que cada cosa se quede en su lugar natural, sin esa promiscuidad tan comprometedora. Así es que yo iba, sí, estimulado por un considerable interés hacia la famosa escritora, pero también porque, recordé en cuanto mis contertulios (y remito al paréntesis de la línea 9) nos hicieron su generoso y entrañable obsequio, Màrius Llop me había hablado en incontables ocasiones de sus viajes por la zona. El doctor era un incansable andarín y aquel es un lugar perfecto para tal afición. Sé que solía ir en primavera y en otoño y que tenía la costumbre de alojarse siempre en el mismo sitio, una casa rural cuya ubicación exacta yo no recordaba, porque me hablaba de muchos pueblos que hasta ahora yo no había visitado nunca y no acababa de ubicar exactamente.
La perspectiva del viaje había hecho nacer en mí la injustificada esperanza de encontrar esa misma casa, algo del todo improbable en una zona con una oferta turística tan abundante. No aproveché, por eso, para preguntar en ninguna de las numerosas casas rurales que vimos esos dos días. Tampoco me dio, o yo no lo recuerdo, ningún detalle Màrius de la que solía visitar. Sin embargo, la segunda noche, inesperadamente, la casa me encontró a mí. Para ser más preciso, no fue la casa sino mejor dicho su administradora, la dueña, la mestressa, como suele decirse.
La estancia en la casa incluía los desayunos y las cenas de los dos días. La segunda noche, como decía, la del sábado, entramos en el comedor, los últimos, porque la cena se servía invariablemente a las 9, algo pronto para nuestra costumbre. Nos atendió la dueña porque el resto del personal (su marido, creo, y una chica joven que parecía no pertenecer a la familia, porque siempre se iba después) estaba ocupado ya con las otras mesas. Era una mujer de unos cuarenta años, o poco más, vestida con algún descuido, pero bastante guapa. Nada más entrar en el comedor, se nos acercó, nos dio las buenas noches y nos acompañó a la mesa, la misma de la noche anterior. Y allí, antes de que pudiera sentarme, sin mediar palabra, se me acercó hasta menos de un palmo, alargó su mano hasta mi cara y...
No sé cómo contarlo, porque en realidad puede parecer una cosa bastante tonta. De hecho, al cabo de solo un momento, cuando se alejó hacia la cocina, no pude evitar reírme; y durante muchos días lo he recordado con mi mujer, que no ha dejado de compartir mi diversión. Lo cierto es que no di mayor importancia al asunto hasta que esta mañana, cuando ya han pasado más de dos semanas de aquello, curioseando de nuevo entre los papeles de Llop, me he encontrado con un soneto suyo que habla de un incidente similar: escrito en tercera persona, y sobre el modelo, parodiado, del célebre soneto de Góngora "De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado", que comienza Descaminado, enfermo, peregrino, cuenta cómo el viajero, después de irrumpir torpemente en el comedor de la casa donde se hospeda, es atendido por la dueña, quien, sin mediar palabra, se le acerca y le quita un cabello de la barba:

Descorbatado, bárbaro, al desgarbo,
hacia la corva mesa, con pie torvo
la enormidad bordando del estorbo,
curvas al orbe dio, cuervo sin garbo.

Barbotante rumor, si más protervo
perverso, oyó de turba nunca parva,
y en pretender carácter no de larva,
pavor halló, ya que no halló otro verbo.

Ama brotó, y su mano, sin reserva,
de cabellera propia una hebra en barba
extrajo del no imberbe viajero.

Vivirá siendo siervo de su sierva;
más le valiera ser quien hierba escarba
que herido ciervo a arbitrio de su arquero.

Lo mismo, exactamente lo mismo me había pasado a mí, y si no fuera por todo el cúmulo de coincidencias que se reunían (la casa, la misma zona tantas veces recorrida por Mario Loppo, el soneto, una mujer que coincidía en edad...), es verdad que ninguna determinante, no hubiera hecho ningún caso; pero así... algo tengo que hacer, necesito saber más para no quedarme con esta insoportable curiosidad que me adelgaza el sueño...

jueves, 11 de agosto de 2011

Una mujer desnuda es un enigma

Reflexiono sobre lo que Enric me ha contado de Conxita. No me hace falta demasiado para convencerme de lo que se refiere a la cuestión del soneto. Por lo que he podido ver en los textos que Mario Loppo me envió, que de momento solo he leído parcialmente, y sobre todo por lo que llegué a conocerlo y a tratarlo, era dado a la broma intelectual, a la ironía y la parodia, a los juegos de ingenio, e incluso, más allá de lo puramente literario, en su conducta habitual, en los actos y conversaciones más intrascendentes, siempre se movía en esa duplicidad, entre lo cómico y lo serio, la diversión y la fatalidad. No sé a cuál de las dos imputar el enigma que envuelve su propio destino y ni siquiera me atrevo a emitir más que una vaga hipótesis sobre las pocas cosas que sé de cierto, fragmentos de un rompecabezas que solo puede completar la imaginación de un dios, y que tal vez ha fabricado un loco.

Está, por ejemplo, lo de la mujer misteriosa de la visita, “una mujer de unos treinta y tantos, rubia, con el cabello ondulado, ojos claros, grises o azules, más bien alta, muy guapa”, según la descripción que hacía Conxita. Aún no he tenido oportunidad de examinar el registro de visitas del centro penitenciario. A la espera de que Dani regrese de sus vacaciones, he encontrado, sin embargo, entre los textos de Mario Loppo, una página que parece ofrecer alguna luz sobre el asunto. Se trata de un breve poema que consta de cuatro cuartetos y que parte de un verso de otro Mario, Benedetti, el conocido “Una mujer desnuda y en lo oscuro”.

Lo interesante del texto (las consideraciones sobre sus propósitos literarios las dejo para más adelante) es tanto su dedicatoria, “Para Elisa, más allá del verso”, como una fotografía de una mujer desnuda, tengo que suponer que esta misma “Elisa”, que encontré enganchada con un clip a la página que contenía el poema. La fotografía, que rehúso reproducir, muestra una mujer desnuda, en una casi completa oscuridad apenas aliviada por la luz nocturna que penetra a través de la ventana por la que mira, de espaldas, por lo que no puede distinguirse su cara (solo puede apreciarse la coincidencia de un rasgo de los apuntados por Conxita, el cabello ondulado). Como en el magnífico texto citado de Benedetti

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda,


ese poeta de la claridad, de lo indiscutible, revelador de la difícil evidencia, redescubridor de lo elemental, ese cuerpo desnudo parece irradiar una poderosa luz que nos ilumina, no sé si por las propiedades naturales del cuerpo desnudo de la mujer o porque resulta realmente difícil fijar la vista en otra parte, una vez advertida la desnudez (y ya que del resto de la fotografía, también hay que admitirlo, casi nada se distingue).

En el reverso de la fotografía, puede leerse la siguiente nota dedicatoria, escrita con una letra que en nada se parece a la del doctor y que parece efectivamente femenina:

Querido Mario, espero que ahora tu encierro te sea más tolerable. Piensa en mí. Te quiero.

E.

La “E.” será seguramente Elisa, a quien Loppo dedica el texto, teniendo en cuenta, sobre todo, que la fotografía, como he dicho, acompañaba al texto. Lo que no sé cómo tomarme es el propio poema de Mario Loppo, que reproduzco aquí, sin más comentarios por el momento:

Una mujer desnuda

Para Elisa, más allá del verso

Una mujer desnuda es un enigma
Mario Benedetti, “Una mujer desnuda y en lo oscuro”

Una mujer desnuda es un enigma,
pero todo misterio llega al punto
de dejar de pensar en el asunto.
Y es que todo en el fondo es un enigma.

Cualquier desnudo es de lo más normal
ya se mire de frente o de perfil.
Puede que en verso sea más sutil
mas todo el resto es hueso de animal.

Para escribir los versos da lo mismo
si la viste vestida o no la viste.
No será tuya, es cierto, y será triste
su ausencia, que será tu catecismo.

Será un enigma una mujer desnuda,
y aunque al final tanta ternura agota,
de todos modos, canta tu derrota,
y aprende a Benedetti o a Neruda.

lunes, 25 de julio de 2011

El cielo está cerrado y el infierno vacío

Fue imposible. Todo era propicio: el día, la hora, el lugar, incluso las condiciones meteorológicas, después de unos días de un viento intolerable y persistente que hacía pensárselo dos veces antes de poner un pie, no digamos los dos, en la calle. En el último momento, sin embargo, sonó el timbre de la puerta, terminó el centrifugado de la lavadora, llamaron por teléfono, recordé que tenía una revisión médica obligada por el seguro, se me acabó el tabaco, cogí las llaves, la cartera, el móvil, marqué el número de mi amigo Enric T., experimentado radiofonista y periodista, hoy oficialmente jubilado pero ni mucho menos inactivo ni retirado por completo de lo que ha sido su trabajo y su pasión durante largos años, pulsé el botón del ascensor, el teléfono dio tres tonos, abrí la puerta del ascensor, dos tonos más, pulsé el botón del interior ascensor que dice "PB" y que seguro que significa "Planta Baja" pero que yo me imagino que en realidad es "Páselo Bien", o "Passi-ho Bé", porque eso me anima a salir a la calle muchas veces, Enric por fin descolgó su móvil, le dije, le propuse, aceptó, nos despedimos, y antes de salir a la calle ya estaba todo arreglado: él, que aunque nunca llegó a conocer a Màrius Llop estaba al corriente de todo, entrevistaría a Conxita Jiménez y me informaría a mí después.

Casi dos semanas más tarde (cuando volví del médico aquel mismo día, entré en casa, puse el lavavajillas, sonó el teléfono, llamaron a la puerta, se me acabó la cerveza, y decidí irme unos días de la ciudad), cogí las llaves, la cartera, el móvil, marqué el número de mi amigo Enric, y después de los cinco o seis tonos habituales, Enric por fin descolgó su móvil, le dije, le propuse, aceptó, y al poco estábamos en la Plaça del Castell tomando una cerveza y desempeñando las habituales funciones (alternativas) de emisor y receptor, seriamente dificultadas por un canal despóticamente monopolizado por los tiernos y deliciosos gruñidos de una multitud de cachorrillos humanos y las sublimes disertaciones de sus papás y mamás, satisfechos de las endemoniadas evoluciones de su herencia genética.

Le pregunté me dijo ¿Lo del soneto también? le dije Lo del soneto y todo dijo Gracias dije Y lo de la mujer ¿Dime? dije entonces Digo dijo que me contó también que ella lo visitaba a menudo y que pensaba que tú lo sabías No Ya, me lo imaginé porque no me habías hablado de ella No tenía ni idea Y así le pregunté y me dijo dijo.

  

Llegaba unos diez minutos tarde. Había dos parejas, un grupo de mujeres de mediana edad y un tipo solo. Qué hombre, ni siquiera le había dado ni un detalle sobre su apariencia para reconocerlo. Por la voz, cuando hablaron por teléfono, se lo imaginaba joven, unos cuarenta a lo sumo, pero sabía por experiencia que la voz no era siempre un dato fiable. Se acercó al tipo solo. Hola, le dijo. ¿Eres Ramón Sanz? No, le dijo, lo siento, con una sonrisilla demasiado atenta que la hizo sentir incómoda. Perdón, se disculpó, y se alejó hacia una mesa libre en la otra punta del local. Se sentó junto a una ventana cerca de la puerta de entrada y desde la que veía la calle y se dispuso a esperar mientras tomaba un té Hui Ming (desde hacía ya un tiempo, se había aficionado a la cultura oriental y disfrutaba midiendo la vida, si se admite el remedo de Eliot, con cucharillas de té) y se entretenía construyendo diminutas pajaritas con las servilletas de finísimo papel.

Una voz procedente de las alturas la sacó de su ensimismamiento. Un hombre de unos sesenta años, con la barba y el pelo plateados, ancho, tal vez algo grueso pero atractivo, estaba de pie ante su mesa y le preguntaba si ella era la que era. Sí, Conxita. Ella preguntó a su vez, con cierto escepticismo:

- ¿Ramón Sanz?

- No, Enric. Ramón no ha podido venir. En el último momento, sonó el timbre de su puerta, terminó el centrifugado de la lavadora, le llamaron por teléfono, recordó que tenía una revisión médica obligada por el seguro, se le acabó el tabaco, cogió las llaves, la cartera, el móvil y marcó mi número. El resto de la historia hasta este punto se reparte entre escenas de aseo personal y episodios de tráfico.

  

El resto de esta recién iniciada conversación estuvo distribuida, por su parte, según Enric tuvo a bien exponerme en todos sus pormenores, entre comentarios sobre el té chino y sus variedades, aplicaciones, ventajas y contraindicaciones de la acupuntura, medidas de defensa personal, bromas aparte, papiroflexia, la promesa de un nuevo encuentro (en el que no me queda del todo claro si yo estaré incluido) y lo que a mí más me interesaba, todo el asunto de Màrius Llop, el tema del soneto, Conxita.

Conxita trabaja, al parecer (Enric me dice que no consiguió aclarar más detalles), en el Tribunal de Menores de T. Comenzó a visitar a Mario Loppo a mediados del 2009 y sus visitas se hicieron cada vez más frecuentes y constantes durante casi año y medio, hasta el incendio del hospital. Conxita explica que la relación, que se inició por motivos profesionales, acabó convirtiéndose en amistad, y que nunca fue más allá, asegura, ni por su parte ni por la del doctor. De hecho, Conxita había hablado de una mujer que visitó en al menos una ocasión al doctor Llop. Conxita había anulado una visita al doctor pero a última hora quedó libre y se acercó al hospital a probar suerte. El doctor atendía otra visita cuando llegó. Le chocó, porque, aparte de ella, muy pocos iban a verlo, y le resultó extraña la coincidencia, cuando resultaba que había avisado solo dos días antes de que ella no podría ir. Esperó, con la espectativa de tener al menos unos minutos, si la persona que estaba con él no agotaba todo el tiempo permitido. Así fue, y pudo ver por un instante una mujer de unos treinta y tantos, rubia, con el cabello ondulado, ojos claros, grises o azules, más bien alta, muy guapa, aunque, repetía, sólo había sido un momento, y no podía precisar. Le preguntó por ella al doctor pero solo obtuvo evasivas, y no se atrevió a insistir.

Eso era todo y, por ahora, nada puedo añadir yo tampoco sobre esta cuestión, aunque creo que a mi amigo Dani, el abogado, no le será difícil conseguir el registro de visitas.

Quedaba solo pendiente el asunto del soneto, pero cuando Enric me contó que había encontrado a Conxita haciendo pajaritas de papel con las servilletas (llegaba tarde, más de media hora, desacostumbradamente, porque Enric es la persona más puntual que conozco, y se imaginaba dando mil excusas, en el caso de que aún la encontrara esperándolo), totalmente despreocupada y tranquila (algo, le había dicho Conxita a Enric, también completamente inusual en ella), la cosa parecía tener visos de resolverse.

Conxita habló de un juego, de un verso inicial que le rondaba por la cabeza (a ella, que también se entretenía escribiendo poesía a menudo, aunque "entretenerse" tal vez no era del todo apropiado, teniendo en cuenta que ya había publicado varias recopilaciones de su producción poética), "Detrás de un muerto está toda la vida", que le gustaba por su ritmo heroico, por su lacónica gravedad inaugural, pero para el que no encontraba continuidad. Màrius Llop le había propuesto una continuación, "cuyo imperfecto espejo, la memoria / también se borra al fin, como la ardida / ruina de Alejandría y de su historia", que no convenció a Conxita pero que la ayudó a buscar su propia solución, hasta completar el poema, que acabó siendo un soneto cuya copia le facilitó su autora a Enric el mismo día de su encuentro:

Detrás de un muerto está toda la vida
dispersa en cada trazo de memoria,
y en el silencio de su voz anida
el fondo exacto de su trayectoria.

Cesa su tiempo ya desnudo de hambre
de eternidad. Su nombre es un pedazo
de ropa descolgada de un alambre
que muestra al sol destellos de su trazo.

Libre se aleja y cierra los prodigios
que un día le cansaron. Con coraje
marcha, pues ya dejó sin artificios
legado extrañamente su mensaje.

Alfa y omega en él, tras de su vida.
Un dios, un don, la paz, tras su partida.

Conxita le llevó este soneto al doctor Llop, como regalo y en agradecimiento por la idea de la forma métrica inicial, un serventesio, del que resultó el soneto inglés que he transcrito, plegado en forma de pajarita de papel. El doctor, a su vez, quiso corresponder con otro soneto, en la misma disposición métrica y con una serie de motivos similares. No era la primera vez, admitía Conxita, aunque tendré que reunirme con ella y revisar los originales que me envió Mario Loppo, sino la última de una larga serie de intercambios similares.

La lectura del soneto de Conxita que acabo de reproducir creo que no invalida la interpretación que hice en la entrada anterior del soneto de Mario Loppo. Puede, sí, que se tratase de un entretenimiento, pero el doctor Loppo era un poeta más que hábil para disfrazar sus intenciones bajo la apariencia de un juego. Además, queda pendiente el análisis del soneto de Conxita Jiménez porque ¿qué significa el inicio de la tercera estrofa, "Libre se aleja y cierra los prodigios / que un día le cansaron", en un poema ofrecido a un hombre que no se sabe con seguridad si está vivo o ha huido de su encierro, cuya patria, ciertamente, no es ni el cielo ni el infierno sino la conjetura, la presunción, la incertidumbre?

martes, 19 de julio de 2011

La memoria fingida

Me refería en la entrada anterior del blog a un aspecto biográfico del soneto de Mario Loppo cuyo primer verso dice "Cesa la percepción, cesa el horario", y al que de ahora en adelante me referiré como "Epitafio", ya que no consta su título. Mi comentario se limitaba entonces a una apreciación sobre el final del soneto, la referencia personal "mi suerte", que yo interpretaba como una evidente insinuación de las circunstancias que habrían permitido, hipotéticamente, que Mario Loppo no muriese en el referido incendio del centro penitenciario o al menos no en su propia celda. Esto no agota, sin embargo, la interpretación del sentido completo del poema, que necesariamente ha de ser más amplia.
"Epitafio" combina hábilmente dos tonos y dos ámbitos de referencia, además de mostrar una progresión que va de lo concreto, aunque impersonal, a lo universal, cerrándose abruptamente con una vuelta a lo específico subjetivo. Así, el primer serventesio contiene una indirecta alusión al cuerpo sin vida hallado en su celda, según la provisional interpretación que antes he expuesto, ya incapaz de percepción sensorial. La segunda estrofa, en cambio, después de un primer verso ecuménico, en primera persona del plural (y con una rima interna herida/vida que hace el verso un poco cargante y que he de confesar que no acaba de gustarme), se personaliza enseguida con ese "desangra mi memoria igual, sin pausa". La tercera estrofa abandona lo particular. Se inicia con una sentencia ya casi conclusiva ("Detrás de un hombre hay lo que ya no es hombre") y acaba con una calculada indeterminación ("un nombre / sobre una piedra, o solo sus vestigios") que prepara la brillante conclusión de los dos versos finales:

Detrás de un muerto está toda la muerte:
alfa y omega, un dios, la paz, mi suerte.

Hay, a mi entender, un inquietante paralelismo entre algunos de los versos de este soneto, además de los que resultan evidentes a primera vista, asentados en la anáfora y en las equivalencias sintácticas. De un lado, entre el verso sexto, "desangra mi memoria igual, sin pausa", y el penúltimo, "Detrás de un muerto está toda la muerte"; de otro, entre los versos octavo y último del soneto. Esa muerte total parece un claro reflejo del olvido total que implica una memoria que se desgasta sin pausa hasta el final. La analogía entre el olvido y la muerte es ciertamente antigua, pero la personalización alegórica herida-desangra "mi memoria" hace pensar en una nueva insinuación biográfica. ¿Los indicios de una incipiente pérdida de memoria? No tengo sospechas de nada parecido. Mario Loppo tenía una memoria prodigiosa, en realidad, y aunque es cierto que los síntomas podrían presentarse de pronto y desarrollar rápidamente la enfermedad, no creo que haya sido así, por una intuición personal mía, en parte, es cierto, pero sustentada de manera más objetiva en los escritos fechados que, como dije, me envió el doctor y que no muestran ni un progresivo cambio de estilo ni signos de decadencia ni, lo que me parece determinante, ninguna otra mención del asunto. Diría que Mario Loppo más bien se refiere veladamente a una ausencia, la propia, que al olvido fortuito o patológico, a una memoria fingida de la muerte propia. Además, me parece ver un nuevo paralelismo entre otros dos versos que favorecería esta conjetura. Se trata de dos versos enumerativos, el octavo, “sin lástima, sin cólera, sin causa”, y el último del soneto, “alfa y omega, un dios, la paz, mi suerte”. Según mi hipótesis, la primera de estas dos líneas tiene que referirse a las circunstancias de la muerte del recluso hallado en la celda del doctor Loppo, a la intencionalidad del aparente asesinato. La dificultad reside en discernir si la falta de lástima, de cólera, de causa se refieren a la autoría o al hallazgo posterior por parte del mismo Loppo, quien tal vez también habría contemplado el acto, testigo a salvo de la lástima y la cólera y sorprendido a la vez por esa suerte (último verso del poema) que le habría brindado, sin causa, la oportunidad de escapar él mismo de la muerte.
Queda, con todo, una cuestión de extrema importancia por lo que se refiere al papel doblado en forma de pajarita que contenía el soneto de Màrius Llop, y es el contenido de la posdata que figura al final del mismo. En la fotografía que incluía en la entrada anterior y que vuelvo a reproducir, girada y con la evidencia de esta posdata (se puede leer perfectamente P. y parcialmente una D) marcada con un círculo, puede observarse la indicación:


Lo que no podía desvelar entonces era el texto de esa posdata, tanto por su contenido, que aún no entiendo pero cuyo misterio espero estar en condiciones de explicar en breve, como por la persona a quien va destinada. Las líneas, originalmente en catalán, que reproduzco liteteralmente y con su traducción, dicen así:

P.D. Conxita, no sé si serà això exactament el que esperaves. Jo no, per descomptat. La teva proposta era difícil. Tot ha sortit, però, com seguint un pla secret i no obstant això perfecte. Potser m'ha arribat del futur o l'increïble Apolo m'ha revelat el seu arquetip. La veritat és que tot encaixa amb una exactitud pertorbadora. És com si el sonet ja estigués escrit abans que jo, que ningú, l'escrivís, cada línia, cada moment ...
(P.D. Conchita, no sé si será esto exactamente lo que esperabas. Yo no, desde luego. Tu propuesta era difícil. Todo ha salido, sin embargo, como siguiendo un plan secreto y sin embargo perfecto. Quizá me ha llegado del futuro o el increíble Apolo me ha revelado su arquetipo. La verdad es que todo encaja con una exactitud perturbadora. Es como si el soneto ya estuviera escrito antes que yo, que nadie, lo escribiese, cada línea, cada momento ...)

Hasta ayer mismo no he sabido quién era esta Conxita. Ni siquiera estaba completamente seguro de su existencia, dada la tendencia de Mario Loppo a la fabulación y los juegos apócrifos. Pero mañana, mañana mismo tengo concertada una entrevista con ella, Conxita Jiménez, y podré por fin, espero, resolver del todo este enigma.

viernes, 15 de julio de 2011

Un soneto autobiográfico de Mario Loppo

Yo hubiera preferido no tener que contar esta historia. Hubiera preferido no tener que hablar nunca del doctor Màrius Llop, o Mario Lopo. Eso hubiera querido decir que estaría aún seguramente vivo, y no presumiblemente muerto, como tengo que escribir ahora.
No encontraron su cadáver, pero tampoco el de otros internos de los que no se ha vuelto a tener noticia. Las causas del incendio del M3 (el módulo tercero de los tres que conforman el complejo, dispuestos en forma de U, como es bien conocido) no se han determinado, o no se han dado a conocer públicamente, dado que, de todas formas, no puede dejar de considerarse un fallo completo de seguridad o una absoluta negligencia por parte del personal del centro. El edificio, además, no se quemó completamente. La celda de Mario Loppo, por ejemplo, quedó totalmente intacta. Cuando se pudo acceder a la planta correspondiente, pudo observarse que la celda estaba cerrada, ya que falló el sistema de apertura automática, y se encontró el cuerpo en el suelo. La autopsia desveló, sin embargo, que pertenecía a otro recluso, cuya muerte, además, no fue debida a la asfixia sino a un traumatismo craneal provocado por un objeto no determinado. Tampoco se hallaron pruebas que permitieran inculpar a nadie en concreto, ya que las muestras de ADN pertenecían a casi una docena de personas, reclusos y funcionarios del centro, además de al propio Màrius Llop, a quien pertenecía la ropa.
Aquí es donde llego por fin al asunto que constituye el tema de esta entrada, el soneto al que hacía referencia el título. Se encontró en el bolsillo de la camisa que llevaba puesta el cuerpo encontrado en la celda de Mario Loppo, en una hoja de papel plegada de una forma realmente curiosa, para tratarse de un poema, aunque bien conocida. Para ahorrarme la descripción de este plegado, y sustituir su palabra con su imagen, más efectiva, creo, la pongo aquí:



Como dio la enorme casualidad de que el abogado de oficio encargado de la defensa (repito que el doctor Loppo continúa oficialmente desaparecido, hasta que se cumpla el plazo marcado por la ley en estos casos), Daniel R., es amigo mío, pude acompañarlo en varias ocasiones y tener acceso a algunos objetos personales del doctor Llop, ya que, como que no tenía o no se le conocía familia, pude también colaborar en la identificación de algunos de estos objetos. Es así que pude fotografiar el papel y copiar su contenido. Además de otras anotaciones, que luego comentaré, contenía el referido soneto, que decía así:

Cesa la percepción, cesa el horario
del lado incomprensible de unos ojos
ya no capaces de elegir el vario
color del fin, los púrpuras, los rojos...

Pero esta herida que llamamos vida
desangra mi memoria igual, sin pausa,
y viste la oquedad de luz fingida,
sin lástima, sin cólera, sin causa.

Detrás de un hombre hay lo que ya no es hombre:
algo como un cansancio de prodigios,
como un reloj bajo la lluvia, un nombre
sobre una piedra, o solo sus vestigios.

Detrás de un muerto está toda la muerte:
alfa y omega, un dios, la paz, mi suerte.

Se trata, pues, de un soneto de disposición inglesa: tres serventesios y un dístico final. Su contenido merece tal vez un comentario más extenso que el que ahora le dedico, aunque su sentido parece claro, y a él me limito: no parece otra cosa, dejando de lado su marcado signo agnóstico, que una constatación de la suerte del propio autor, manifestada en el último verso, a la vez que un epitafio anónimo. Así, el muerto al que sus líneas rinden un último homenaje, interpreto que es inequívocamente el cadáver que se encontró en su celda y que ocupó, por circunstancias aún desconocidas, el lugar que hubiera correspondido a Mario Loppo.